Omichi ompehuà [Oἶκος 0]

Sürem preparó el petate para la escuela: Unas bananas cocidas, un coco…¡Venga Sürem llegas tarde otra vez! – ¡Lo sé, tranquila ya salgo!

Correteaba entre la gran plaza y los edificios. Sus piececitos descalzos apenas se posaban en la hierba mientras iba de esquina a esquina.

  • A ver si consigo llegar al camino de la escuela con los demás. – El viejo caminaba acompasado, tranquilo, meditando sus asuntos.

De repente se oyó un ruido entre la maleza, algo se acercaba rápido. Vió que se trataba de Sürem que había caido ladera abajo desde el camino en lo alto. Llegó hecho un ovillo y agarrándose la cabeza mientras se reía del golpe.

  • ¡No tienes remedio Surem! He venido a buscarte al ver que no llegabas. ¡Venga levántate! –

Dijo el viejo desempolvándolo mientras echaban a andar riéndose. Caminaban y el maestro aprovechó para empezar la lección durante el paseo.

  • Sürem, ¿Recuerdas las propiedades de las flores de Copán? – ¡Claro, maestro! –

El niño asintió varias veces con el gesto apretado de comprender exactamente lo que se esperaba de él. Se acercó a varios arbustos, analizó sus flores acariciándolas y oliéndolas con ternura. Sacó un pequeño cuchillo de malaquita y cortó un par de flores y corrió hacia su maestro. Se las ofreció solemne.

Muy bien Sürem, vamos a preparar el remedio cuando lleguemos a la pirámide.

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Sürem empieza a dar textura al ungüento en el mortero, mientras el viejo le observa complacido. El interior de la habitación es poco espacioso. El contraste entre la oscuridad y el exterior crea una atmósfera especial. Se ve a un lado el dintel ligeramente abierto en su base. La luz entra mostrando en la negra sala la verde planicie y los otros edificios.

Listo! Muy bien! La guardaré en este tarro para que repose, creo que lo has hecho muy bien. Seguiremos la lección mañana. Estoy un poco

cansado. – Dijo, dándole un beso en la frente. – Márchate a casa, intenta no llegar tarde mañana.

El niño se marchó con cierta desazón. Aún así, de camino a casa se fué animando pensando que vería a Yanay, su amiga. Necesitaba que alguien le pasara la lección del colegio para poder preparársela. Había faltado muchos días para acudir a aprender con el hermitaño.

Llegó a casa correteando danzarín y entró directamente al salón. Su amiga le esperaba con gesto severo.

¿Dónde te habías metido? Llevo un buen rato esperándote con la merienda aquí delante. ¡Casi me lo he comido todo!

Sobre una mesa bajita hecha de una pieza de piedra oscura suavemente pulida con cuatro rocas pequeñas a modo de patas. Había tortillas, maíz, verduras, salsas e insectos salteados. Había también un par de chiles. Sürem permaneció serio mientras montaba mecánicamente su taco.

  • Oye Yanaý, te tengo que contar algo… No he estado yendo a clase porque soy aprendiz…

  • ¿Aprendiz de qué?

  • De un mago… – dijo Sürem con la boca llena

  • ¿Un mago?

  • Sí bueno, hace cosas increibles. Es un señor mayor que vive cerca de Toninà, creo. Nunca he estado en su casa. Lo que sí sé es que sabe de todo, me enseña muchísimas cosas y no tengo que leer esos aburridos libros. – resopló.

  • He oido hablar de él. Mi abuela le compra remedios. No vivo muy lejos de allí… – Dijo Yanaý mirando a un lado aún ofendida por la espera.

  • Oye yanaý disculpa! No quería que se me hiciera tan tarde! Sabes que te quiero mucho, no quería hacerte esperar. Dijo primero socarrón luego con ternura.

  • No pasa nada Sürem, pero tienes que crecer y ser un poco más responsable. ¿Qué pasa si se sabe que no vas a la escuela?

  • Sí que voy! A veces – dijo ella y los dos rieron.

Al día sigüiente, preparó su petate de nuevo, esta vez más pronto. Salió corriendo. Era un camino un poco largo e incómodo pero lo recorría muy feliz sabiendo que vería a su maestro.

  • Maestro? – Preguntó en medio de la gran plaza, esperando verle asomar de cualquiera de ellas. Nada.

  • Maestro? Preguntó otra vez mucho menos convencido.

Subió a la pirámide más alta, en la que normalmente hacían las lecciones. Colocó el material de escritura y comenzó a hacer los dibujos que le había enseñado. Sabía que algún día su capacidad para reconocer las constelaciones dependería del dibujo y ver esas formas en los cielos nocturnos. Se concentró cada vez más hasta que comenzó a dibujar casi meditando con los ojos cerrados. El puma, el quetzal, el jaguar, el águila, shibalba y las demás constelaciones.

Un grito rompió su concentración.

  • Surem, sal, rápido…

Se Asomó por la cegadora luz de la puerta. Le costó unos segundos acostumbrar sus ojos a la luz. Miró algo desenfocado hacia los escalones que se mecían a izquierda y derecha y se veían dobles por momentos. Vió una pequeña figura hacer gestos con las manos mientras él usaba sus manos como visera.

  • Yanaý ¿Qué haces aquí?

  • ¡Es el maestro, corre!

Todos esos pensamientos se agolpaban en su cabeza mientras corrían enloquecidos hacia la casa del maestro. Su amiga le dejó entrar sólo. Mientras ella recuperaba el aliento apoyadas las manos en sus rodillas.La casa estaba poco decorada, al gusto azteca pero había cientos, de tomos y rollos en sencillas estanterías que casi cubrían todas las paredes.

Al entrar jadeando Sürem no podía creérselo – ¿Tantos libros?

Al fondo de la estancia había un lecho en el que se encontraba el viejo con gesto derrotado. Sürem empezó a llorar sin saber muy bien porqué. Se hizo un nudo en su pecho y su garganta y corrió junto a él y le sostuvo la mano.

– Itzae, maestro ¿Qué sucede? – Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

– Nada, Sürem, estoy un poco malito. Anda ayúdame a levantarme y a preparar la medicina.

– ¡Pero maestro, no te encuentras bien! – Yo te lo preparo – Dijo Sürem, al ver como le costaba levantarse y tosía.

Al acabar de preparar el remedio, le explicó que la abuela de Yanaý había pasado a por sus medicinas y que él no había podido ni levantarse. Ella preocupada le dijo a su nieta que fuera a buscar al aprendiz antes de que estuviera más malo.

Surem, se acomodó, junto a él. Le untó el pecho con un remedio y los dos tomaron una humeante infusión. Se acomodó junto a él y le dijo a modo de confidencia.

– Me lees algo…?

Su gesto gracioso, mostraba que se hacía cargo que ya era momento de empezar a aprender de verdad todo el saber de su maestro. Tantos años rechazando la escuela y ahora tenía ante sí esa maraña de rollos y códices pero no le parecía un deber amargo más bien se sentía estúpido por no haber pensado en ello antes. Alguien debía continuar su labor. Sostenía el enorme libro con sus bracitos casi abrazándolo con cariño.

– El viejo le atusó el cabello y dijo: ¡Claro que sí hijo!

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Acerca de Oscar Wao

http://en.wikipedia.org/wiki/The_Brief_Wondrous_Life_of_Oscar_Wao http://es.wikipedia.org/wiki/La_maravillosa_vida_breve_de_Óscar_Wao http://www.annotated-oscar-wao.com/
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