IPANIX XIHUITL MACUIL [Oἶκος 1]

…al anochecer

Surem se dijo para sus adentros:

– ¡Hoy no! No iré, no temo el castigo. –

Preparó un pequeño petate de esparto de caña y metió unas bananas cocidas, un coco, un puñado de flores de Guayacán y un pedazo de su corteza. Marchó correteando asustado pero atento a lo largo de la gran plaza. Sus piececillos desnudos parecían apenas tocar el verde manto de la hierba, mientras el flanco de las pirámides le ocultaba de sector en sector. Al fin alcanzó la zona de las barcas. El gran lago se extendía ante sus ojos como un hermoso mosaico de piscinas y canales. Se echó encima un manto de pescador, uno sencillo hecho de paja. Pensó estando en casa que el viejo quitón de plumón azul de su padre sería perfecto para evitar la lluvia, pero era demasiado llamativo. Casi ninguna familia poseía ya una de aquellas fabulosas prendas hechas a mano, que requerían un mantenimiento tan esmerado para mantener las plumas limpias, tintadas e impermeables. El suyo de paja, era mucho menos eficaz, pero enormemente sigiloso, pues en cuanto se lanzó a navegar acariciando suavemente el agua con su pala, supo al instante que para cualquier observador en los muelles, él era otra mancha parda más navegando al atardecer.

Le costó un poco avanzar hasta una de las salidas. Los mariscadores le miraron curiosos. Al fin y al cabo estas gentes se conocían al dedillo a fuerza de coincidir día tras día.

– Buenos días joven, ¿A dónde te diriges? – dijeron los recolectores casi sin apartar la mirada de las jaulas de marisco.

– Estoy llevando esta carga a Toniná, mi tío se ha puesto enfermo y debo llevarla antes del amanecer. – Contestó Surem intentando parecer natural y sin dejar de remar.

–  No es buena hora para emprender marcha, déjanos ver, ¿Qué llevas? Le preguntaron.

Los segundos siguientes pasaron lentísimos, podía oir los tambores de su corazón agitarse como una marcha guerrera. La mano de uno de ellos se acercó, lenta y firme, a una de las lonas de la barcaza. De repente la retiró y sonrió.

– Es buen género, esos camarones aguantan bien, y los llevas cubiertos de paja, ten cuidado, ¿Me oyes?

– Dejadme en paz, ya es suficientemente tarde, para perder más el tiempo. – dijo rudamente el chaval intentando zanjar el asunto.

Se alejó a una marcha media, no quería dar a entender nada. Rogaba al gran Dios Dual por su fortuna y que aquellos curtidos pescadores no le hubieran reconocido. Todos recordaban los sucedido con su padre. A partir de entonces el mar y el eran como un detonador que hacía surgir cuchicheos lastimosos de todo tipo.

En un par de horas se encontraba fatigado, enjugándose el rostro con un pliego de su manto y deshaciéndose de barca, manto de paja y carga de pescado. Los abandonó amarrados junto a la orilla. Mientras marchó selva adentro, aún acompañado por el resuello de su agitada respiración a su espalda el lazo de la barcaza se desligó y la barca se alejó despacio como en un funesto adiós a nuestro protagonista. Este apenas sospechaba nada de lo que más adelante sucedería.

En la mitad de la madrugada, el cielo se tornó exuberantemente estrellado. Puede que fuera el paso de la luna, que se encontraba ciega durante esos días, o tal vez la lejanía con lo habitado, pero el espectáculo era sobrecogedor.  Los murmullos de los espíritus del bosque, la serenidad que se respiraba y esa luz azul blanquecina de los astros que se colaba por doquier perfilando la silueta de árboles que le hacían pensar en la era de los gigantes. Aquellos que por saludo decían: ¡No vaya a caerse usted! Pues si se caían más no se levantaban. Al menos eso decía su abuelo. Eran ese tipo de historias que habían deleitado su niñez, imaginando aquellos gigantes. Ahora, cansado de muchas de esas mentiras que tanto habían servido para subyugar al hombre prefería pensar que eran los árboles. Siempre había tenido por costumbre divagar. No físicamente sino mentalmente, ese tipo de ejercicio de concentración, aún a riesgo de parecer contradictorio, le resultaba harto útil. Se concentraba en cualquier cosa que vagara por su mente, y siempre y cuando la tarea fuese susceptible de ser llevaba a cabo de manera mecánica, era capaz de hacerlo. Y no solo capaz, pero más capaz. Le resultaba tedioso tener que pensar en la marcha, cuando en sí, el hecho de marchar ya le había hecho libre.

Interrumpió su imaginado transitar pues ante el se desplegaba la escalera del cielo. Se quedó con la boca abierta. No se acostumbraba a verla, por más que era al menos la décima vez que la visitaba. Nezahualcóyotl [coyote oculto] y él habían ido apenas una vez cuando se fue. Aún no podía entender porqué le habían considerado una amenaza. Siempre pensó que nunca aprendió lo suficiente, pero estaba convencido (o al menos eso quería creer) que su maestro le observaba desde el camino de la sombra orgulloso de sus progresos. Sus andares, firmes y marciales a pesar del cansancio, empezaron a subir la escalinata como si ascendieran pisoteando la noche. Apenas el contorno de la pirámide se recortaba como una masa negra mientras  el resto recibía el abrazo de un centelleante cielo estrellado. Sin mirarlos los ascendió uno a uno recitando el poema, sabía que si no se equivocaba en el ritmo subiría todos los peldaños y llegaría a lo alto a lomos del último verso.

Se reunieron los dioses en Teotihuacán

Se dice que

cuando aún era de noche,

cuando aún no había día,

cuando aún no había luz,

se reunieron,

se convocaron los dioses

allá en Teotihuacán.

Dijeron,

hablaron entre sí:

– ¡Venid acá, oh dioses!,

¿Quién tomará sobre sí,

quien se hará cargo

de que haya días,

De que haya luz?

– ¿Cómo habremos de vivir?

¡No se mueve el Sol!

¿Cómo en verdad haremos vivir a la gente?

¡Que por nuestro medio se robustezca el Sol,

Sacrifiquémonos, muramos todos!

Pronunció las últimas tres palabras: “ma timochíntin timiquicán” y tocó la fría losa del patio superior. Supo que había llegado. La jungla como una negra alfombra de nubes y el cielo infinito desplegado ante sus ojos. Ya estaba a salvo. Se dispuso en primer lugar a preparar la bebida sagrada y a quemar copán. Preparó los objetos necesarios para la observación y realizó las pertinentes abluciones. Había dentro de la casa de lo negro, la casa en la que habrían habitado los sacerdotes, tres estancias. En cada una quedaban las pinturas y relieves que narraban el uso de cada cámara. En la cámara de la purificación había un manantial. Había quien decía que las mismas venas de Quetzacoalt alimentaban aquella fertil agua. El creía saber que se trataba de un complicado sistema de canales y tuberías que traía el agua necesaria para limpiar los objetos litúrgicos. Se bañó generosamente ahuyentando el pequeño diablo que le agitaba y le hervía la piel.

Se dispuso a mirar el pergamino con serenidad. Preparó un modesto fuego en la estancia destinada a las vituallas, dónde también colocó los viveres y el coco. Aprovechó la carcasa del coco para calentar su dulce agua mientras añadía las cortezas y las flores de guayacán preparando el brebaje como era debido. Volvió al punto de observación, miró a través del pergamino, los agujeros embellecidos en plata, dejaban pasar exacta la luz de las estrellas de un cuadrante en una época concreta del año. Así tuvo que provar con muchos hasta que dio con el correcto. Encajaba a la perfección, sintió un profundo placer cuando al desplazar un poco el lienzo animal vió como todos los agujeros se iluminaban a la vez. Se dispuso a tomar el brebaje y a esperar. Se acuclilló allí mismo y acercó la bebida a los labios. El sabor era horroroso en un primer instante y sin embargo al siguiente habría bebido litros de aquella infusión. Recitó unos cantos esperando a que la mano divina le arrebate el control y le permita llevar a cabo su cometido. Entonces lo sintió, ese cosquilleo por la piel, los sonidos como llegan desde más lejos, le pareció que oía la ciudad en plena celebración. Al abrir los ojos, primero le pareció que había mucha luz. Su vista podía acariciar la superficie de las copas de los mismo árboles que un momento atrás no veía. Miró al cielo y casi perdió la vista. Cegadoras son las estrellas bajo el efecto del agua de Bacabé. El sustentador del firmamento velaría por él. Ahora las estrellas no eran todas del mismo color. Cada fuego brillaba con un color distinto. Le fué concedida una fugaz pero impresiva visión de los árboles de Tláloc. Los había rojos, verdes, morados, amarillos. Sus frutos eran soles y brillaban como mil amaneceres. Era Tlalocán, el paraíso en el que creía su pueblo. Un lugar de recompensa, de donde surgía el manantial que alimentaba al mundo.

Bajó su mirada de nuevo al techo de la selva, temblando, sudando frío y muy mareado. No podía saber a ciencia cierta cuanto tiempo había pasado desde que ascendió, estaba demasiado débil para medirlo con el desplazamiento de las estrellas desde su cénit. Zambullido en la oscuridad creyó ver ilusiones. Pequeñas luciérnagas amarillas se acercaban sobre el fondo negro ¿Acaso esos fuegos le iban a acompañar como aciagos anunciantes de su pecado? Sintió tantos y elevados temores que cuando llegó a comprender que eran teas de soldados no lo podía creer. Pensó que no era justo que todo aquello acabara así…

 To be continued

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Omichi ompehuà [Oἶκος 0]

Sürem preparó el petate para la escuela: Unas bananas cocidas, un coco…¡Venga Sürem llegas tarde otra vez! – ¡Lo sé, tranquila ya salgo!

Correteaba entre la gran plaza y los edificios. Sus piececitos descalzos apenas se posaban en la hierba mientras iba de esquina a esquina.

  • A ver si consigo llegar al camino de la escuela con los demás. – El viejo caminaba acompasado, tranquilo, meditando sus asuntos.

De repente se oyó un ruido entre la maleza, algo se acercaba rápido. Vió que se trataba de Sürem que había caido ladera abajo desde el camino en lo alto. Llegó hecho un ovillo y agarrándose la cabeza mientras se reía del golpe.

  • ¡No tienes remedio Surem! He venido a buscarte al ver que no llegabas. ¡Venga levántate! –

Dijo el viejo desempolvándolo mientras echaban a andar riéndose. Caminaban y el maestro aprovechó para empezar la lección durante el paseo.

  • Sürem, ¿Recuerdas las propiedades de las flores de Copán? – ¡Claro, maestro! –

El niño asintió varias veces con el gesto apretado de comprender exactamente lo que se esperaba de él. Se acercó a varios arbustos, analizó sus flores acariciándolas y oliéndolas con ternura. Sacó un pequeño cuchillo de malaquita y cortó un par de flores y corrió hacia su maestro. Se las ofreció solemne.

Muy bien Sürem, vamos a preparar el remedio cuando lleguemos a la pirámide.

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Sürem empieza a dar textura al ungüento en el mortero, mientras el viejo le observa complacido. El interior de la habitación es poco espacioso. El contraste entre la oscuridad y el exterior crea una atmósfera especial. Se ve a un lado el dintel ligeramente abierto en su base. La luz entra mostrando en la negra sala la verde planicie y los otros edificios.

Listo! Muy bien! La guardaré en este tarro para que repose, creo que lo has hecho muy bien. Seguiremos la lección mañana. Estoy un poco

cansado. – Dijo, dándole un beso en la frente. – Márchate a casa, intenta no llegar tarde mañana.

El niño se marchó con cierta desazón. Aún así, de camino a casa se fué animando pensando que vería a Yanay, su amiga. Necesitaba que alguien le pasara la lección del colegio para poder preparársela. Había faltado muchos días para acudir a aprender con el hermitaño.

Llegó a casa correteando danzarín y entró directamente al salón. Su amiga le esperaba con gesto severo.

¿Dónde te habías metido? Llevo un buen rato esperándote con la merienda aquí delante. ¡Casi me lo he comido todo!

Sobre una mesa bajita hecha de una pieza de piedra oscura suavemente pulida con cuatro rocas pequeñas a modo de patas. Había tortillas, maíz, verduras, salsas e insectos salteados. Había también un par de chiles. Sürem permaneció serio mientras montaba mecánicamente su taco.

  • Oye Yanaý, te tengo que contar algo… No he estado yendo a clase porque soy aprendiz…

  • ¿Aprendiz de qué?

  • De un mago… – dijo Sürem con la boca llena

  • ¿Un mago?

  • Sí bueno, hace cosas increibles. Es un señor mayor que vive cerca de Toninà, creo. Nunca he estado en su casa. Lo que sí sé es que sabe de todo, me enseña muchísimas cosas y no tengo que leer esos aburridos libros. – resopló.

  • He oido hablar de él. Mi abuela le compra remedios. No vivo muy lejos de allí… – Dijo Yanaý mirando a un lado aún ofendida por la espera.

  • Oye yanaý disculpa! No quería que se me hiciera tan tarde! Sabes que te quiero mucho, no quería hacerte esperar. Dijo primero socarrón luego con ternura.

  • No pasa nada Sürem, pero tienes que crecer y ser un poco más responsable. ¿Qué pasa si se sabe que no vas a la escuela?

  • Sí que voy! A veces – dijo ella y los dos rieron.

Al día sigüiente, preparó su petate de nuevo, esta vez más pronto. Salió corriendo. Era un camino un poco largo e incómodo pero lo recorría muy feliz sabiendo que vería a su maestro.

  • Maestro? – Preguntó en medio de la gran plaza, esperando verle asomar de cualquiera de ellas. Nada.

  • Maestro? Preguntó otra vez mucho menos convencido.

Subió a la pirámide más alta, en la que normalmente hacían las lecciones. Colocó el material de escritura y comenzó a hacer los dibujos que le había enseñado. Sabía que algún día su capacidad para reconocer las constelaciones dependería del dibujo y ver esas formas en los cielos nocturnos. Se concentró cada vez más hasta que comenzó a dibujar casi meditando con los ojos cerrados. El puma, el quetzal, el jaguar, el águila, shibalba y las demás constelaciones.

Un grito rompió su concentración.

  • Surem, sal, rápido…

Se Asomó por la cegadora luz de la puerta. Le costó unos segundos acostumbrar sus ojos a la luz. Miró algo desenfocado hacia los escalones que se mecían a izquierda y derecha y se veían dobles por momentos. Vió una pequeña figura hacer gestos con las manos mientras él usaba sus manos como visera.

  • Yanaý ¿Qué haces aquí?

  • ¡Es el maestro, corre!

Todos esos pensamientos se agolpaban en su cabeza mientras corrían enloquecidos hacia la casa del maestro. Su amiga le dejó entrar sólo. Mientras ella recuperaba el aliento apoyadas las manos en sus rodillas.La casa estaba poco decorada, al gusto azteca pero había cientos, de tomos y rollos en sencillas estanterías que casi cubrían todas las paredes.

Al entrar jadeando Sürem no podía creérselo – ¿Tantos libros?

Al fondo de la estancia había un lecho en el que se encontraba el viejo con gesto derrotado. Sürem empezó a llorar sin saber muy bien porqué. Se hizo un nudo en su pecho y su garganta y corrió junto a él y le sostuvo la mano.

– Itzae, maestro ¿Qué sucede? – Era la primera vez que lo llamaba por su nombre.

– Nada, Sürem, estoy un poco malito. Anda ayúdame a levantarme y a preparar la medicina.

– ¡Pero maestro, no te encuentras bien! – Yo te lo preparo – Dijo Sürem, al ver como le costaba levantarse y tosía.

Al acabar de preparar el remedio, le explicó que la abuela de Yanaý había pasado a por sus medicinas y que él no había podido ni levantarse. Ella preocupada le dijo a su nieta que fuera a buscar al aprendiz antes de que estuviera más malo.

Surem, se acomodó, junto a él. Le untó el pecho con un remedio y los dos tomaron una humeante infusión. Se acomodó junto a él y le dijo a modo de confidencia.

– Me lees algo…?

Su gesto gracioso, mostraba que se hacía cargo que ya era momento de empezar a aprender de verdad todo el saber de su maestro. Tantos años rechazando la escuela y ahora tenía ante sí esa maraña de rollos y códices pero no le parecía un deber amargo más bien se sentía estúpido por no haber pensado en ello antes. Alguien debía continuar su labor. Sostenía el enorme libro con sus bracitos casi abrazándolo con cariño.

– El viejo le atusó el cabello y dijo: ¡Claro que sí hijo!

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